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H
ISTORIAS E
PRESENTA:

TITULO

Viaje.
ENVIADA POR

M.

DESDE España.

¡ ENVIANOS TU HISTORIA E !
 
Habían llegado aquel mismo día a Menorca. Ella todavía no acertaba a comprender como había cedido a los requerimientos de él para pasar las vacaciones juntos; se conocían desde hace tiempo e incluso en un par de ocasiones salieron a cenar; algún beso furtivo, alguna mínima caricia, nada más. La realidad es que él no le iba demasiado, suponía que debido a los tres años en que le aventajaba: si en general el hombre siempre es más inmaduro cuando este tiene veintidós años y tu veinticinco la diferencia todavía es más notable, reflexionaba ella. Pese a todo, allí estaban, seguramente a causa de la mutua afición al mar, el sol, las pequeñas calas desiertas.

Él insistió en que le acompañare; no, no es que sintiera un interés especial por ella y tampoco sabía porqué, siempre le habían gustado las mujeres algo mayores. Culta, alegre, simpática, no de una gran belleza pero sí muy atractiva, rebosando sensualidad por todos sus poros; tal vez la falta de interés personal provenía de la costumbre de mantener una relación estrictamente de trabajo. La compañía ideal para unas vacaciones tranquilas, como ir con un buen amigo.

Hicieron el viaje en barco, ello les permitía llevar el todoterreno y la pequeña lancha neumática con motor fuera borda, imprescindibles para el plan que habían hecho, acercarse con el vehículo hasta alguna playa más o menos solitaria y desde allí, hacer incursiones cortas a esas hermosas calas a las que solamente se puede llegar por mar para nadar, bucear y tomar el sol, absolutamente solos a ser posible.

Cuando llegaron a casa de la tía de él en Ciudadela, la moderna y más joven hermana de su madre, solo 8 años mayor que el sobrino, la verdad es que estaban algo cansados, no se durmió bien en la travesía y después fue necesario cruzar toda la isla, desde Mahón a Ciudadela. No obstante, valía la pena, la casa era magnifica y el ahorro de hotel una bendición para el bolsillo. Ella no quería reconocerlo, pero seguro que este detalle fue también concluyente en su decisión; ahora, en el delicioso y amplio dormitorio sobre el patio interior que le habían reservado, no se arrepentía.

Con la excuse de un, realmente inexistente, compromiso y los pocos días de que disponían, todavía no sabían cuantos, después de los saludos familiares de rigor decidieron comenzar con el plan previsto; era temprano, sobre las diez y media, y aunque él hubiera preferido descansar, para evitar que ella se sintiera algo violenta en un ambiente ajeno, le propuso la primera excursión.

Llegaron hasta Santo Tomás con el coche, y de allí, navegando hacia el Norte, pronto encontraron una pequeña cala desierta. No era demasiado buena, piedra en lugar de arena, pero tampoco era cosa de perder demasiado tiempo, era el primer día y habían prometido regresar pronto a casa. Ella se tumbó al sol mientras que él, pese a su cansancio, prefirió bucear junto a las rocas. No aguantó demasiado, pronto volvió junto a ella.

Cuando poco tiempo después él abrió los ojos, se sorprendió. Ella se había quitado el sujetador del bikini; no era realmente este hecho el motivo de la sorpresa, nadie se sorprende por ello, sino la visión de aquellos pechos. Nunca había visto tal perfección y, desde luego, jamás los hubiera imaginado en ella, no se le había ocurrido formarse idea, nunca lo hacía, pero hasta entonces, al menos en este caso, es como si no hubiera existido tal posibilidad. Ella se percató del efecto y divertida, sin disimular un cierto orgullo que él percibió, volvió a cerrar los ojos y giró la cabeza.

El sol, el agotamiento acumulado y el silencio hicieron el resto, los dos quedaron dormidos. No fue demasiado rato a juzgar por el reloj, aunque a los dos les pareciera horas. De repente un murmullo de voces próximas los despertó. Al incorporarse se encontraron con una nueva sorpresa, la cala no era tan inaccesible como pensaron, habían aparecido ocho o diez personas con su misma pretensión, aunque un detalle los diferenciaba: no cabía duda, se encontraban en una playa nudista, al menos por costumbre. Incluso alguno les hacían gestos para que se quitaran los bañadores.

Ella no hizo el menor caso, volvió a concentrarse en el sol sobre su cuerpo, pero él si quedó afectado. No tenía el menor problema en desnudarse, otras veces lo había hecho, pero la situación le era incómoda; si hubieran llegado estando ya desnudos no le hubiera importado, si fuera con otra persona o al menos se encontrara solo con ella se juraba que tampoco, si estuviera más moreno, se decía.... No dejaban de ser excusas.

De entre todos los indeseados acompañantes, él se fijó especialmente en una joven pareja que jugaba con uno de esos platos voladores: altos, con unos cuerpos impresionantes en los que además de las espléndidas formas de ambos, resaltaba la textura de una piel brillante, ya bronceada por el sol. No podía apartar su vista de unas nalgas fuertes, perfectas, de un vientre liso, del rubísimo vello del pubis de la muchacha, de unos pechos no demasiado grandes pero erguidos, desafiantes, con los pezones especialmente visibles. También ella, con el rostro vuelto mantenía su atención al cuerpo del joven extraño, su espalda, sus nalgas, su cintura, y sobre todo su pene, no tenía gran experiencia, pero este era realmente bello, a mitad camino entre la erección y la flacidez, con un movimiento acompasado a sus carreras, saltos, a su cuerpo en definitiva. Ninguno de los dos lo hubiera reconocido pero empezaban a notar un cierto vacío en el vientre, un calor en sus sexos, una excitación especialmente
agradable.

A juzgar por la situación él prefirió volver al agua, justo en el mismo momento en que unos 30 metros mas allá también la joven y admirada pareja optaba por un baño. Nadó hasta un pequeño islote de roca que se encontraba próximo a la orilla y allí intentó distraer sus pensamientos buceando. Era inútil, lo mejor sería volver a la lancha y buscar otro rincón o regresar a Ciudadela.

Cuando volvía hacia la orilla, con la cabeza sumergida en un agua tan transparente que podía apreciarse debajo de ella cualquier detalle a mucha distancia, los vio, aparentemente y desde fuera del agua, jugando; realmente lo que se apreciaba sumergido era muy distinto: la joven tendida sobre el agua, parecía nadar pero con las piernas lo suficientemente abiertas para que su acompañante de pie, por detrás la penetrara con fuerza mientras la sujetaba recogiendo sus pechos con ambas manos.

Él miró hacia la orilla y vio que ella se encontraba sentada en la arena observando también a la pareja, le hizo una seña y se incorporó al baño. Le mostró las evoluciones de la pareja, lo que parecía y lo que realmente ocurría y ambos se percataron que en contra de lo que buscaban, pese a estar dentro del agua, mantenían su excitación. La otra pareja se apercibió de que los habían descubierto, pero lejos de cesar en su magnifica actitud, con una sonrisa que parecía incitarles a seguir su ejemplo, continuaban con aquel movimiento sensual, entrando lentamente para a continuación casi retirarse, y así una y otra vez.

Lo intentó. Consideró que el momento era el apropiado y nadando alrededor de ella, comenzó con unas tenues caricias en su espalda, muslos, cintura, pechos. Era evidente a juzgar por la turgencia de sus pezones que estaba respondiendo, pero sin ponerse de acuerdo se dieron cuenta de que algo no terminaba de funcionar Tal vez no fuera el mejor lugar seguro que la mirada de complicidad de la otra pareja los cortaba un tanto... Decidieron dejarlo.

Algo decepcionados, sin palabras, recogieron la bolsa, volvieron a la lancha y navegaron mar adentro. Al momento, sentada en la borda de la lancha, como si ella hubiera adivinado los pensamientos da él se quitó la pequeña braga del bikini: “aquí y sola contigo no me importa” le dijo. Él detuvo la embarcación, paró el motor y como obedeciendo a una orden ciega también se quitó su bañador Permanecieron así unos minutos, observándose, admirándose, posiblemente la magia del momento les hacía ver las cosas diferentes, pero se encontraban bellos el uno al otro. Él apreciaba la respiración agitada de ella al tiempo que sus fosas nasales se dilataban al respirar, sus pezones agrandaban y endurecían, hubiera jurado que los labios de su sexo, aquel sexo profundo, casi hablaban. Ella admiraba la cada vez menos disimulada erección de él, con aquel glande liso, suave, azulado. Ambos, casi en el mismo momento se apercibieron de que la brillante y deseada humedad en el sexo del otro resbalaba por sus muslos; el encuentro era ya inevitable.

Si hubieran podido pensar fríamente en aquel momento, no hubieran entendido, pero el momento no era para reflexionar él ató la caña del timón y se acercó hasta colocarse de rodillas entre las piernas de ella que permanecía sentada en la borda. Una extraña vibración los sacudía, las respiraciones se hacían mas y más agitadas, miles de voltios se transmitían desde los cerebros de ambos a sus sexos ávidos del otro. Él comenzó una mínima caricia en los brazos, en el rostro, y ella exhaló un profundo suspiro. No era posible acercarse mas sin que el pene erecto, casi erguido, alcanzara el deseado objetivo. Él levantó una rodilla que se acopló perfectamente en la hendidura del sexo femenino, notó como se le humedecía con el maravilloso néctar que destilaba y se emocionó. Parecía que los pechos de ella crecían de tamaño y amenazaban con estallar Se fundieron en un abrazo sin decir nada, sin moverse. De repente, ella se separó haciendo un gesto como para apartar el cabello de la cara y sin mediar palabra, sonriendo, lentamente se dejó caer hacia atrás y se zambulló en el agua.

Él quedó aturdido, sin saber como reaccionar por segunda vez, cuando más excitados estaban ella rehusaba. Era evidente que le apetecía y sin embargo se iba. Cuando emergió su cabeza del agua, le dedicó una arrebatadora sonrisa y le hizo la seña inequívoca con la mano para que le acompañara. No lo dudo un instante, como hacía en estos casos por motivos de seguridad, arrojó al mar los dos salvavidas atados a la embarcación que le permitían tener un punto de agarre y a la vez lastraban la lancha evitando que se alejara y se lanzó al agua.

Antes de que saliera a flote él notó como una mano cálida agarraba con fuerza su verga que inmediatamente reaccionó. Ella era una excelente nadadora y sin soltar su codiciada presa comenzó a nadar sumergida alrededor de él que no tenía mas opción que girar y girar sobre sí mismo. Se notaba la subida de temperatura del agua en la zona. Dejó de girar alrededor del cuerpo de él para, con un ágil movimiento y siempre agarrada al bendito falo, sentarse a caballo de este apretando sus nalgas y espalda al vientre y pecho de su amante, al tiempo que ávida gemía: "abrázame, abrázame fuerte". Así lo hizo, pasando su brazo alrededor y oprimiendo fuertemente sus pechos con la mano izquierda mientras que la derecha se deslizaba a su entrepierna y comenzaba a acariciarle el clítoris. Solamente los mantenía a flote el movimiento de sus piernas y una mano de ella agarrada a uno de los providenciales salvavidas, ya que la otra permanecía especialmente ocupada acariciando la verga que sobresalía entre sus propias piernas y parecía querer arrancar. Mientras, estremecido y jadeante, él le besaba, mordía, succionaba su cuello, oreja, labios. Por momentos empezaba a notarse como se desarrollaba el pequeño botón del clítoris femenino, casi como un pene diminuto y fuerte, punzante. Ella notaba que intensas oleadas de placer la invadían y constató que comenzaba su hora, la que ya creía imposible para siempre, su orgasmo, era evidente: SE ESTABA CORRIENDO.

Una vez mas, abandonó el festín. Sin motivo aparente se sumergió en el agua soltando a su prisionero que perplejo y totalmente excitado no podía entender. Solo fue un momento, el necesario para darse la vuelta y abrazarse al cuerpo masculino cara a cara. Él no tuvo mas remedio que asirse al salvavidas para no hundirse juntos y ella volvió a capturar su presa en tanto que enroscaba sus piernas alrededor de la cintura de él. Aprovechó el momento y al tiempo que se abrazaba fuertemente con una mano, se comía literalmente a su amado, besando y chupando su rostro, ojos, boca. La otra mano se preocupaba de conducir experta el pene hasta su vulva y acariciar con él su clítoris. El orgasmo era mas que evidente, se retorcía y gemía hasta parecer que en cualquier momento podía perder el sentido. Él aguantaba a duras penas, siempre le habían gustado los actos sexuales largos, reposados y no estaba dispuesto a correrse todavía. En medio del clímax de ella, la flecha de él encontró la diana y lenta, muy lentamente la penetró profundamente, hasta que los dos cuerpos se fundieron en uno solo. Permaneció así, sujetándose al salvavidas, totalmente inmóvil mientras ella se estremecía, hasta que culminó el orgasmo femenino y ella, abrazada, con su cabeza en el hombro de él, quedó quieta.

Pasaron unos minutos antes de que él comenzara sus movimientos, lentos pero fuertes y profundos, saliendo casi por completo del cuerpo de ella para volver a entrar a fondo el instante siguiente, una vez, otra, y otra mas... La respiración de ella comenzó de nuevo a alterarse, en esta ocasión parecían ir al compás, sus pechos se endurecieron de nuevo, él comenzó a agitarse, primero lentamente después mucho mas rápido, hasta que al fin se abandonó totalmente y se corrió. La intensa oleada de esperma que lanzó se estrelló en el fondo de la vagina, parecía inundarla completamente; ella notó la corriente caliente que la invadía y estalló en placer segundos después de él, tuvo su segundo orgasmo, el mayor que podía imaginarse. No pudieron contenerse, a las convulsiones masculinas se unieron los sollozos y el inmenso grito de ella, un grito en medio de la soledad del mar, un bello grito de libertad.

Cuando ya mas calmados, no sin esfuerzos, agotados, consiguieron subir a la lancha, pese al reducido espacio de esta, se encajaron en el suelo, abrazados, tiernos, enamorados. Permanecieron así largo rato antes de articular palabra, no querían moverse ni que pasara el momento, pensaban cada uno como era posible que sin haberse importado demasiado hasta entonces, desde este momento no concibieran la separación ni por un instante. Después hablaron, hablaron mucho, como si quisieran recuperar el tiempo perdido, se contaron lo que realmente pensaban antes el uno del otro, aclararon que sí se importaban pero no lo reconocían, y tantas otras cosas. Por fin regresaron a Ciudadela.

Aquella tarde se inventaron una burda excusa de inaplazables asuntos imprevistos y urgentes que les obligaba a volver a casa. La tía de él no lo creyó demasiado, sobre todo cuando al día siguiente al encontrarse su cama sin deshacer, recordó una situación que deseaba y en esta ocasión no iba a repetirse, pero eso es otra historia. Lo que hicieron en realidad fue trasladarse al otro extremo de la isla, alquilar un bungalow en una urbanización donde, curiosamente coincidieron con la pareja de la playa y disfrutar de unas vacaciones en las que lo que descubrieron no fue precisamente calas y playas tranquilas, aunque también esto es otra historia. Regresaron a su ciudad con tres días de antelación, el tiempo que necesitaron para que él se mudara definitivamente a casa de ella.

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