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TU HISTORIA E !
La adolescencia de
Cristina había sido marcada temprano un verano cuando estaba por
cumplir los 14. En el
campo de unos familiares cercanos, una tarde de esas cuando en la
mente circulan pensamientos de un erotismo ingenuo y delicado.
Cuando las flores y el viento sobre el cuerpo y el pelo
enredado en la brisa generan sensaciones eléctricas que hacen que
los pezones tomen una dureza nueva, desconocida... pero junto con
ese ligero dolor existe también un ligero atisbo de placer aún no
reconocido como tal, pero placer al fin y al cabo.
Un
ruido leve pero constante distrajo esa tarde a Cristina, quien se
levantó y se dejó llevar por ese sonido que a cada instante la
envolvía más y más. Sin
darse cuenta se encontró detrás de un árbol muy bien escondida y
tratando de entrar en razón con lo que estaba observando y que la
tenía completamente perturbada.
Frente a ella, Andrés el hijo mayor de la familia que los
recibía, estaba sin pantalones metiendo y sacando su pistolón en
la vagina de una ternerita de cuyo cuello colgaba un cencerro
amarrado por una cinta roja y algo así como un bozal con un biberón
con leche. El joven
Andrés con los ojos cerrados, queriendo imaginar a la mujer de sus
sueños, sujetaba fuertemente a la ternerita al mismo tiempo que le
encajaba su vigorosa herramienta que tenía a Cristina absorta en
ella. Cristina no era
capaz de dimensionar la escena.
Sus ojos estaban fijos en el pene más grande y duro que
nunca había visto. Andrés
con un grito de dolor hizo que la pequeña despertara de su
ensimismamiento y pudiera ver como el se recostaba sobre el lomo
del animal para luego acercarse a un pequeño balde de leche desde
donde tomó un poco con su mano y se la frotó en el pene como lavándose.
En un segundo la ternerita había soltado la mamadera y
succionaba con mas calma de esa nueva fuente de escaso contenido
pero que por la expresión de Andrés era de un placer insuperable.
Esa
experiencia había marcado a Cristina.
Tenía pánico de que un pene como el de Andrés penetrara
su virginal espacio. Además cada vez que uno de sus novios se ponía un poco
cachondo, ella se sentía como esa pequeña ternerita, es decir
como un animal inocente y casi inerte.
Por lo general permitía que le tocaran sus pechos y más de
alguna vez una mano curiosa entraba por el pantalón desde arriba
hasta tocar su clítoris, pero a los pocos instantes se ponía muy
nerviosa, culpable quizás.
Una
noche durmiendo en casa de una amiga y mientras jugaban
inocentemente en la cama antes de dormir, Andrea la tomó desde atrás
y cruzando sus brazos le tomó sus tetas con las manos e hizo el clásico
gesto de bombeo por atrás. Cristina
se indispuso inmediatamente y
le pidió que se detuviera:
-
“Eso no me hace ninguna gracia Andrea.”
-
“Perdona, no sabía...”
-
“No te preocupes, soy yo la que está un poco sensible.”
Acto
seguido, Cristina rompió en lágrimas y abrazó a Andrea.
Sin saber como, ambas se encontraron besándose, primero con
ternura y luego con pasión. Las
manos de cada una recorrían el cuerpo que tenían abrazado.
De las caricias en la espalda y en el culo pasaron a los
pechos. Andrea, que
tenía alguna experiencia, los lamió muy
suavemente hasta que Cristina sintió unos deseos enormes de
que Andrea hiciera con su clítoris lo mismo que hacía con sus
pezones. Lentamente
tomó la cabeza de Andrea y la empujó hacia abajo hasta sentir que
la lengua de su amiga investigaba en la oscuridad de las sabanas
una zorrita virgen, palpitante y completamente mojada.
La succión que recibió en el clítoris junto al calor de
una lengua justo ahí donde termina la vagina y comienza el ano,
hizo que Cristina acabara repetidamente y se entregara a una relación
sexual lésbica increíble. Esa noche Cristina fue desvirginada de una manera especial y
la relación con Andrea duraría varios meses.
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