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H
ISTORIAS E
PRESENTA:

TITULO

Mi Cuñada Azucena.
ENVIADA POR

Ignacio.

DESDE México.

¡ ENVIANOS TU HISTORIA E !
 
Nunca he hablado de esta época con nadie, y supongo que ella tampoco lo ha hecho. La razón es obvia, se trata de Azucena, la hermana de mi esposa. El hecho ocurrió hace algunos años, cuando yo tenía 34 y mi cuñada 28. Se trata de una belleza serena de piel clara y el pelo y los ojos más negros que haya visto. Mis suegros tienen una casa cercana a la Ciudad de Cuautla, y en ocasiones la familia pasa algunos días de descanso allí. Como esa vez era periodo vacacional, todos se quedaron en Cuautla, y Azucena y yo debíamos de regresar a trabajar. El domingo en la mañana estuvimos nadando todos en la alberca, Y no pude evitar mirarla con disimulo. Sus pechos de moderado tamaño pero excelente forma se marcaban contra la camiseta mojada con que cubría el bikini que llevaba puesto. El contacto con el agua había endurecido sus pezones que se marcaban a través de las telas. Se veían pequeñitos pero muy paraditos; no pude evitar pensar en lo que me gustaría mamarlos. La familia fue tomando turnos en la ducha, y al final nos quedamos solos en la alberca. Allí tomé un poco el atrevimiento de mirar directamente a sus tetas y ella no evitó sonreír cuando me sorprendió. Había en su sonrisa y en su mirada una pícara coquetería con aire de complicidad. Me preguntó que si no se podrían considerar muy chicos sus pechos y yo le contesté que de ninguna manera; ella se sonrió y yo sonrojado cambié de tema. Ella permaneció en la alberca mientras yo me fui a bañar, y cuando estaba lavando mis genitales sentí que alguien me espiaba por la ventanilla que daba a azotehuela. Solo pude ver una cabellera negra alejarse. Mi verga no estaba parada, pero el tacto con la mano enjabonad, y el recuerdo de su cuerpo 85-55-86 la habían hecho estirarse y engrosar un poco. Dejé el baño y me fui a vestir. Al salir de la recámara y pasar por el baño noté que se bañaban, y pensé que por fuerza era ella. Me imaginé que ella me había espiado, y le devolví el favor por la rendija de la puerta. La vista me dejó pasmado; Azucena se afeitaba las axilas de frente a la puerta, y al levantar el brazo sus pechos lucían en su mayor esplendor. Después se acerco al inodoro y se sentó, abrió los muslos al máximo y se afeitó la rajita totalmente. Quedé inmóvil y absorto en la contemplación de su belleza y un clítoris que se protruía de su panocha junto con uno s labios carnositos que me decían bésanos, chúpanos. Tuve que dejar mi puesto de observación, ahora sí con la verga más dura que un tronco de encino. 

Al día siguiente partimos a México. Ella vestía una falda de mezclilla arriba de la rodilla, y una blusa con un generoso escote. La falda era de esas con abertura al frente y le faltaban los dos botones del fondo. Arrancamos y en la carretera platicamos de trivialidades. Al llegar a México me dirigí al oriente a la casa de mis suegros. Mi casa está a unas diez cuadras de allí. Al llegar a la colonia, traté de observar sus piernas y cuál sería mi sorpresa de ver que dos botones más se habían desabrochado (después comprobé que no había manera de que se soltaran solos. Azucena cruzó la pierna y dejó lucir un muslo perfecto. No sé si se le cayó un peine o lo dejó caer, pero al agacharse pude ver sus chichitas libres y redonditas sin brassier. Con tono de culpa compartida me preguntó: 
-Porqué me estabas espiando? 
-Porque tú me espiaste primero, le dije. 
-Bueno dijo, pero era curiosidad sana, verás siempre he tenido dudas de cómo es posible que un miembro tan grande como los que se ven en la pornografía pueda caber en un agujero tan, .. Bueno tú sabes tan,.... 
-¿Chiquito como el tuyo? 
Ahora ella se sonrojó. 
-Pues sí,-contestó. 
Al llegar a la casa me pidió que pasara. En el vestíbulo nos quedamos viendo a os ojos, miré sus labios y noté que ella miraba los míos. Entonces me acerque a ella y la tomé por los hombros. La acerqué a mí y ella se dejó repegar. Nos besamos suave al principio, y pronto comenzó a frotar su rajita en mi bragueta. Yo respondía con movimientos de cadera y comencé a alzarle la falda, bajé su tanguita y le acaricié profusamente las nalgas. Saqué mi verga dura y parada y conduje su mano hacia ella. 
-Ayer no estaba así,-dijo,- ahora menos cabe. 
-Sí te cabe toda. 
Para entonces ya se la tenía colocada en la entrada y le frotaba el clítoris con el glande. Tomó mi verga en su mano y me llevó a su habitación. Allí terminé de abrir su falda que cayó libremente exponiendo una cadera delgada, pero no por ello menos generosamente servida y redonda, Unas nalgas redonditas y paradas, y su monito rasurado que se dejaba ver completo. Ella soltó mi cinturón y me bajó los pantalones.; yo me quité la playera y la camiseta, y la empujé a la cama. Cayó sentada y le acerqué la verga al rostro. _¿Qué suavecito y lisito está!,-dijo mientras se lo frotaba por toda la cara. Fue cuando yo le sujeté con suavidad la quijada y dirigí la cabecita hacia sus labios. Lo besó y comenzó a chuparlo sólo con los labios al principio. Luego se lo metió; su lengua recorría toda la cabeza mandándome sensaciones de placer a todo el cuerpo. Se la saqué y la besé metiendo toda la lengua en su boca; ella respondió de igual forma. La acosté y ella separó más aún sus muslos, como si fueran las alas de un ave que se esfuerza por mantenerse en el aire en su primer vuelo. Allí entendí lo que no había entendido. Pude admirar un himen íntegro que cubría la entrada a la caverna de los placeres. Puse mi verga en la entrada sin meterla, me acosté sobre ella y la besé. Bajé por su cuello y sus senos, los cuales mordía y besaba con ansia. Su forma es perfecta y sus pezones bellísimos. Los mordía suavemente, los chupé los hice estallar de placer provocando gritos de ansiedad y proseguí hacia mi meta: lamerle la vulva virginal entera. Fue una delicia probar sus jugos que para entonces ya eran bastantes. Chupé su clítoris y sus labios vulvares, metí la lengua en cada resquicio posible, y cuando la sentí a punto volví a subir a besarla. Ella me rechazó para acostarme boca arriba y me dijo: 

-Ya la quiero adentro. 
Se subió en mí, tomó mi verga que se acomodó en la vulva y de un empujón de cadera se la metió. No sé cuanto tiempo estuvimos cogiendo, pero fue el paraíso. Se inclinó hacia mí con lo que pude chupar sus tetitas de nuevo y besarla cuando nos fundimos en un orgasmo mutuo y simultáneo. 
Cuando acabó la erupción platicamos y confesó que su noviecito, un escuincle baboso de la Ibero le había prometido amarla aún en el caso de que no fuera virgen. Yo salí ganando, porque mi concuño, se casaron dos años después, me tiene confianza y un día me comentó las virtudes de su esposa santa. Me aseguró que él la desfloró en la luna de miel. ¡Qué milagritos puede hacer un poco de tinta sepia con harina de maíz!
 

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